2019: Me contratan para transformar y profesionalizar el negocio de la enseñanza de inglés de una de las instituciones más conocidas del mundo: el British Council. Presencia en decenas de países, miles de estudiantes de todas las edades, millones de personas alcanzadas cada año. Una oportunidad enorme.
Una de las ideas que desarrollamos fue lanzar una propuesta de enseñanza de calidad para adultos, 100% online, con los mejores profesores y la metodología que había hecho famoso al British Council durante décadas.
La necesidad era clara: ofrecer prestigio y excelencia a adultos que, por compromisos personales o profesionales, no podían —o no querían— desplazarse varias veces por semana a un centro, pero sí querían un aprendizaje de calidad.
Convencí a João Marques, un emprendedor tecnológico con el que había coincidido antes y que buscaba un nuevo reto. Se sumó y montamos un equipo.
Meses de desarrollo. De formar un equipo que combinara urgencia e innovación con rigor metodológico. De construir algo nuevo sin traicionar el estándar de calidad.
Diciembre de 2019. Orgullosos del progreso. Preparados para lanzar un beta test en febrero de 2020 con 30 estudiantes. Salida a mercado prevista para septiembre de 2020. Para una organización de esa escala y complejidad, íbamos a velocidad de crucero.
Un buen plan. Un gran equipo. Un proyecto precioso. Nada podía desviarnos del objetivo.
Febrero de 2020. La COVID se desata a nivel mundial.
Confinamiento global. Millones de personas no pueden salir de casa.
Teníamos una tecnología pensada para adultos, aún en fase de validación.
En 24 horas tomamos la decisión: la usaríamos para todos los estudiantes. Especialmente niños y jóvenes. No había red de seguridad. No estaban hechas todas las comprobaciones. Pero había una necesidad urgente y nuestros clientes necesitaban claridad, apoyo y soluciones.
Lanzamos.
Pivotamos a una velocidad vertiginosa. Lo que habríamos tardado meses en descubrir, lo aprendimos en horas. Literalmente. Cada hora traía un desafío nuevo.
Más de 80.000 estudiantes de todas partes del mundo migraron en tres semanas.
Los servidores caían. No estaban preparados para ese volumen.
No teníamos profesores formados para ese contexto. Ni contenidos adecuados. Ni metodología adaptada.
Formación a contrarreloj. Innovación en la plataforma para educación infantil. Ajustes metodológicos constantes. Uso de los mejores profesores para formar a los siguientes. Incremento de capacidad en servidores. Todo a la vez.
La plataforma, diseñada para adultos, pasó a tener miles de niños y jóvenes. Añadimos herramientas de protección y monitorización.
Llamadas hasta altas horas. Errores, limitaciones, fortalezas. Gente que dio un paso al frente y elevó el nivel. Gabinete de crisis durante semanas.
¿Beta test? Olvidado.
Aquello era un producto en vivo.
El resultado fue inesperado incluso para los más optimistas: clientes impresionados por la velocidad, una innovación a escala que nadie había imaginado, profesores con un aprendizaje acelerado, feedback muy positivo de familias y estudiantes.
Hubo comprensión cuando algo no funcionaba, acompañada del compromiso de resolución. Compromiso que cumplíamos.
Fue uno de los momentos profesionales más intensos, estresantes y a la vez más satisfactorios que he vivido.
Acción. Aprender. Actuar. Rectificar. Disculparse. Comprometerse. Volver a actuar.
No hubo días tranquilos. No hubo un solo día sin aprender algo nuevo.
La COVID pasó.
Los niños volvieron a las aulas presenciales.
Y el proyecto volvió a su concepto original: adultos, enseñanza de calidad a distancia. Pero ahora con una plataforma infinitamente más robusta y con una experiencia imposible de replicar en cien beta tests.
Dejé el British Council hace años.
English Online —así terminó llamándose— es hoy el mayor centro de estudiantes del British Council y uno de sus grandes éxitos recientes.
No creo que ese éxito ni esa transformación hubieran sido los mismos sin la crisis que vivimos.
Pero aquí está el matiz importante:
La crisis no creó la estrategia.
La dirección estaba clara desde el principio.
Lo que hizo la crisis fue eliminar el miedo.
El miedo a equivocarse y el exceso de cautela.
La necesidad de pedir permiso para actuar.
Con el tiempo, mi aprendizaje se ha vuelto más claro:
Un gran equipo es imprescindible, y a menudo solo las crisis revelan cuán grande es realmente.
Un buen producto y una necesidad clara importan. Mucho.
Tener dirección, un objetivo y un rumbo es esencial.
Pero nada de eso sirve si no hay voluntad real de actuar.
Si el miedo a equivocarse pesa más que la convicción de avanzar.
Y la pregunta que te hago:
¿Necesitamos una desgracia, una crisis o un catalizador externo para actuar?
¿O hemos aprendido a escondernos detrás de procesos, betas y excusas para no “cagarla”?
La valentía no se demuestra sin riesgo.
¿Estamos dispuestos a jugar sin red cuando tenemos convicción?
Ahí tienes mis preguntas.
Si quieres responder, te escucho.
