Enero 2002. Pearson me envió a hacer una rotación de 3 meses a sus oficinas centrales en Upper Saddle River, New Jersey. Terminó siendo casi 1 año.

Me fui siendo un chico de 23 años espigado y volví habiendo adquirido una fuerza gravitatoria propia donde las migas de pan orbitaban a mi alrededor.

Pero no sólo me traje kilos de más en mi mochila, sino una cantidad de experiencias que me han servido muchísimo durante mi vida. Hoy me centro en la primera lección real de liderazgo, quizás la que más me haya marcado.

Me incorporé a trabajar en el departamento de finanzas de Latinoamérica, con su director financiero, Rodrigo Martins y su número 2, Ana Lugo. La región era todo menos monótona, a Jack Bauer le hubiera dado un ataque de ansiedad.

Rodrigo debía tener unos 33 años, era una persona brillante y se notaba, lideraba los equipos de la región y Ana y yo le ayudábamos desde la central. Tanto Rodrigo como Ana llevaban poco en la empresa y yo llevaba meses, un equipo nuevo.

Recuerdo cómo la gente le tomaba el pelo a Rodrigo porque conducía un Buick, al parecer coche de viejos no apropiado para un soltero de éxito en sus “early 30s”. –“Tienes que cuidar tu imagen”, le decían. Rodrigo nunca discutía, sonreía e ignoraba con un estilo digno de admiración.

Él comía con Ana y conmigo prácticamente todos los días, a pesar de que nosotros éramos junior y los jefazos se solían sentar entre ellos. Rodrigo pasaba tanto de eso como de los comentarios sobre los Buicks y los triunfadores.

Un día le ofrecieron un despacho mucho más grande, un reconocimiento de estatus entonces. Él lo rechazó y se quedó en su despacho pequeño a cambio de un despacho para Ana. De nuevo, equipo antes que ego.

Yo era nuevo y no tenía ni idea de tantas cosas, Rodrigo se sentaba conmigo y no me dejaba hacer ninguna tarea, por urgente que fuese, hasta que hubiera entendido no el cómo, sino el por qué. “Si entiendes por qué lo haces, algún día puedes encontrar otra manera mejor de hacer lo mismo”.

Recuerdo su paciencia, el tiempo que me dedicaba, recuerdo cómo se alineaba con mi otro mentor, Kevin Quinn, otro crack del que aprendí muchísimo. Recuerdo cómo me llevó a la región para que aprendiese la diferencia entre la teoría de la central y la realidad del mercado.

Le importaba un bledo la apariencia, la imagen y la óptica, pero le importaba muchísimo su equipo. La cantidad de tiempo que invirtió conmigo como si fuera mi profesor particular, sabiendo que iba a volver a UK y sacrificando su tiempo por mi aprendizaje.

Siempre le vi tratar a ejecutivos senior de igual forma que a la incorporación más jr.

Durante varias de las crisis a las que nos enfrentamos en esos meses, nos quedamos hasta altas horas intentando cuadrar diferentes cuentas regionales, buscando las discrepancias, investigando las inconsistencias. Rodrigo nunca nos lo exigió ni pidió. Ana tenía hijos pequeños y yo era un chaval sacando partido de mi experiencia americana.  

No hacía falta, pizza a las 10 de la noche y los tres con sonrisa en la oficina. Si en algo podía ayudar, no se me pasaba por la cabeza otra alternativa.

No había promoción ni bonus al final de ese esfuerzo. A los pocos meses volvía a UK con nuevos jefes y nuevo rol. Pero el incentivo era enorme, echar una mano a quien tanto me estaba dando.

Y cuando estás dispuesto a hacer lo que sea por alguien sin que te lo pida, amigo mío, es que tienes delante a un verdadero líder.

No creo que se haya dado cuenta nunca de la influencia que tuvo, ni que sea consciente de lo inspirador que fue para mí.  

A finales del 2002 volví a UK, yo y el otro Santi al que había absorbido durante ese año. No volví a ver a Rodrigo en 10 años. Finalmente le vi en un viaje a São Paulo donde me invitó a cenar. No le he vuelto a ver más.

Sin embargo, hoy, 25 años después, cuando pienso en liderazgo, sin estridencias, sin aplausos, sin ruido. En un liderazgo discreto, real, y humano, pienso en Rodrigo y sonrío.

Y tú, ¿en quién piensas?

 

Te escucho