“¡Menudo idiota!”, escuché que decían a mis espaldas mientras llevaba los platos a la cocina con una mano.
Yo acababa de llegar a Londres, año 2000. Mi primer trabajo. Un restaurante chipriota en Muswell Hill. Mis dotes de camarero eran legendarias, desde traer al cliente su abrigo (coat) cuando me había pedido una coca cola (coke), o confundir la cuenta (bill) con una cerveza (beer), mis primeros pasos parecían un capítulo exagerado de Fawlty Towers.
Pero al dueño del restaurante, un hijo mimado de chipriotas con cara de susto y su cocinero yemení (que hacía un hummus que te mueres), les había hecho gracia y su deporte favorito era sentarse a observar mi próxima hazaña para reírse de mí y amenazarme con echarme.
Nunca lo hicieron, creo que les hubiera quitado la mejor diversión de su jornada y como los clientes mostraban paciencia y comprensión conmigo, me imagino que nunca les supuse un coste.
Esa noche se me había roto el cinturón y hacía el truco del camarero manco, una mano en el trabajo y la otra aguantándome el pantalón… “What an idiot” les escuché mientras me señalaban riéndose desde la cocina.
Meses después, tras sacarme la titulación de inglés, conseguí mi primer trabajo de oficina en Pearson y tenía claro qué quería hacer con mi primer sueldo.
Reservé una mesa en el restaurante, Bar Mezé, y fui solo a pedir el plato estrella de la carta, las King Prawns, quería restregar a aquellos que me habían minusvalorado mi éxito, aquel “idiot” volvía para enseñarles lo que no habían sabido ver. Realmente fui a regocijarme con su reacción.
En efecto, mi plan salió bien, me vinieron a saludar, y podía ver la admiración y la manera tan diferente de tratarme. No me dio ninguna satisfacción. Me dio pena. No por ellos, sino por mí, por la importancia que durante meses había puesto en la opinión de personas que no tenían ningún valor, ni ninguna importancia en mi vida.
A la vez, también vinieron a saludarme los camareros, el manager, que me había guiado y protegido, mis compañeros que realmente se alegraban de verme tan bien. Toda esa gente que me había ayudado durante esos meses sin pedir nada a cambio, sino por compañerismo y calidad humana.
Me centré en impresionar a cara susto y su secuaz y me olvidé de quienes merecían mi respeto y amistad. Esa noche esperé a que salieran y les invité a una ronda en el Café Loco (lugar donde solíamos ir después de terminar la jornada). Eso sí que lo disfruté.
Pero esto no solo pasa en restaurantes, ¿Cuánto tiempo has dedicado el último año a buscar quién la ha cagado? ¿Cuánto a justificar que realmente no fuiste tú?, ¿a buscar ese email en la carpeta de elementos eliminados que demostrará que el responsable fue Robert de contabilidad?, ¿o el mensaje en el que demuestras que te lo pidió Sandra de recursos humanos?
¿Cuánto tiempo pasamos buscando pruebas que demuestren que no somos inadecuados, que el error fue de otro? ¿Cuánto necesitamos demostrar nuestra valía a no se sabe bien quién?
El ego es uno de los mayores costes de oportunidad en cualquier empresa. Es carísimo. Y sabes lo mejor, el 95% de las veces no le importa a nadie más que a ti. El problema continúa, no se soluciona, pero ya sabemos quién lo causó. ¡Menos mal!
A la gente que realmente merece la pena, no necesitas impresionarla, ya te ven aunque tú a menudo no le veas.
Abandona el ego.
Es una pérdida de tiempo intentar impresionar a un jefe, a un chipriota con cara de susto o a un cliente que te trata mal. Haz tu trabajo y disfruta de todas esas personas que sin hacer ruido te apoyan y seguirán presentes años después de que te hayas ido.
Y tú, ¿estás pidiendo King Prawns para impresionar a quien no importa, o estás en el Café Loco con quien sí?
Te escucho,
Santi
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