"Aita, eres el mejor Aita del mundo" me dijeron mis hijas la semana pasada, día del padre, mientras me regalaban sendas creaciones que no voy a negar que me alegraron el día.
"El mejor no, el sexto, que este año he perdido 2 posiciones. A ver si el año que viene recupero…" les respondí.
Mi pareja a menudo me dice que el mensaje sin ejemplo no es efectivo, es ruido. “¿Cómo puedes pedirles que sean cuidadosas si lo que ellas ven en casa es desorden y caos?” Normalmente esta conversación se suele dar tras un “despiste” que he tenido… Pero no le falta razón.
Una de las cosas que más les repito a mis hijas es que el miedo no es malo en sí, es natural, pero hay que aprender a controlarlo. Que cuando el ser humano es controlado por el miedo, se convierte en un animal muy peligroso, capaz de justificar lo injustificable.
"Me gusta un chico de clase y me da miedo decírselo y que se entere toda la clase y se rían de mí" me dijo hace un tiempo mi hija de 10 años. ¡10 años! Yo a esa edad estaba con los GI Joes y mi mayor miedo era que me rompieran mi peonza favorita.
Estuve tentado de ignorar su preocupación. Ni la temática me hacía ilusión ni me parecía la edad para estar con esas cosas. Pero su preocupación era real, y buscaba mi consejo, así que decidí ponerme la capa y explicarle de nuevo mi visión sobre el miedo, sobre el peligro de tomar decisiones por lo que piensen los demás.
“…cuidado con que el miedo dirija tus decisiones bruja, el miedo viene sigiloso, te llena de vergüenzas, de razones y sin darte cuenta, te controla. Si se lo quieres decir, adelante y que él y los demás piensen lo que quieran, tú decides lo que quieres hacer, no dejes que el miedo decida por ti."
Esa semana, le dijo al chico que le gustaba. El chico le dijo que a él, no. Ella estaba un poco triste, pero muy orgullosa de haberse atrevido. Yo le dije que estaba muy orgulloso de ella. Y la verdad, lo estaba, a mí me costaba horrores a los 30 años (aunque eso no se lo dije).
"¿Cuando eres mayor todavía tienes miedo o se te pasa cuando creces?" Me preguntó.
Los domingos, al acercarse el comienzo de la semana laboral, me sentía mal, intranquilo, tenso. Era algo desconocido para mí. Sabía que tenía que ver con un trabajo que no estaba disfrutando, con el que no me sentía cómodo y eso nunca me había pasado.
Trabajar se había convertido en una fuente de conflicto interno. Al principio lo asimilé a la necesidad de pasar tiempo para adaptarme. Luego interioricé que era sólo un trabajo y que mi felicidad venía por lo que el trabajo me permitía hacer. El trabajo pagaba muy bien, el puesto había sido una oportunidad que había ambicionado y donde creía que podía aportar valor. ¿De qué me quejaba? No tengo mucha paciencia con los que se quejan sin hacer nada al respecto.
Pasó el tiempo pero la sensación no mejoró, las autojustificaciones eran cada vez menos convincentes, y seguí esperando.
En el fondo, a pesar de lo que me dijera a mi mismo, sabía que era por miedo.
Tras un verano particularmente intenso decidí que mi etapa había terminado. Escribí un mensaje agradeciendo a la empresa la oportunidad, pero explicando que había llegado el momento de separar caminos. Me ofrecí a ayudar en la transición y llegar a un acuerdo mutuamente beneficioso.
Antes de enviar el mensaje lo compartí con una compañera de confianza. Me preguntó si estaba seguro. Ambos sabíamos que si lo mandaba, no habría vuelta atrás.
Dudé. Vivía en una jaula de cristal. Dos hijas, un buen sueldo, un puesto con caché. ¿Tenía sentido irme sin algo concreto a lo que saltar? ¿No es mejor buscar trabajo desde el trabajo? ¿Y si la cosa justo mejorara? ¿Y si…?
Todo preguntas. Todas muy convincentes, muy lógicas, muy racionales. Quizás estaba siendo un irresponsable.
"¿Cuando eres mayor todavía tienes miedo o se te pasa cuando creces?"
"es difícil educar sin ser un ejemplo"
Enviar.
Tres meses después salía de la empresa. Jamás me he arrepentido. Todavía guardo ese email.
Y lo guardo para que cuando mis hijas tengan la edad suficiente para entenderlo, puedan ver que el miedo es un compañero de viaje que te acompaña siempre, a cualquier edad. Y como cualquier compañero, tiene su rol, puede ser útil, pero no le dejes el volante. Porque una vez se lo das, es muy difícil quitárselo.
No soy el mejor aita del mundo, ni el sexto. Pero este año mi hija mayor me dio un gran regalo: no dejó que su miedo dictase sus actos. Y sin saberlo, me inspiró para que el mío no dictase los míos.
Gracias, bruja.
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Y tu miedo, ¿te conduce o te acompaña?
Te escucho,
Santi
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